Nunca como en este momento, necesitamos este episodio del Evangelio de hoy que nos habla de la Transfiguración de Jesús. En tiempos oscuros solo el recuerdo de la luz puede salvarnos. Estos son días y horas en los que somos arrojados a la angustia, la confusión, el miedo. Es la experiencia que los discípulos tuvieron cuando Jesús fue arrestado. Por esta razón, en el evangelio de hoy el mismo Jesús, los prepara para ese «escándalo» a través del baño de luz en el Monte Tabor. Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad en este momento de no rendirse en la oscuridad. Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de buscar en las profundidades de nuestro corazón y memoria una experiencia de luz que pueda ayudarles a recuperar la confianza. Este es un momento en el que puedes enfrentarte a todo solo si dejas de disminuir, de polemizar o de insultar, o para provocar pánico. El realismo cristiano nos enseña a no negar la realidad, pero al mismo tiempo nos ayuda a no sucumbir a ella. Estamos en la misma postura que los discípulos, intimidados, derrotados, confundidos.

Jesús tiene una palabra para nosotros: «…los discípulos cayeron con sus rostros al suelo y los tomó un gran temor. Pero Jesús se acercó, los tocó y dijo: «Levántate y no tengas miedo». Mirando hacia arriba no vieron a nadie, solo a Jesús». Solo Jesús es el único que puede ayudarnos a marcar la diferencia, como cristianos no lo olvidemos, más bien, mostrémoslo.

Del episodio del desierto te lleva a una alta montaña, escenarios distintos, pero es la misma acción de Dios: Jesús te cuida, te aparta para hacerte experimentar una fe alta y profunda. La Cuaresma se caracteriza por la conversión, es un tiempo cara a cara con Dios, es el tiempo en el que nos redescubrimos como hijos amados, hijos predilectos.

Este segundo domingo de Cuaresma se llama Domingo de la Transfiguración. Este viaje es interesante, la semana pasada se nos invitó a cruzar el desierto con el Señor y a vencer las tentaciones, hoy en cambio se nos llama a subir a la montaña para contemplar el rostro de Dios. Jesús llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan, lo mismo que Moisés, que llevó a Aarón, Nadab y Abiú, y subió a la montaña, y allí Dios reveló su gloria (Ex 24,9ss). Fue una experiencia única para los tres discípulos que oyeron al Padre llamar al Hijo, el Amado. Jesús subió a la montaña y se transfiguró. La traducción exacta es sufrió una metamorfosis, indicando el paso de una forma a otra.

Allí se eleva espontáneamente la mirada al cielo y el pensamiento a Dios. Esta experiencia, hay que tener en cuenta que el evangelio no habla del Tabor, sino de una montaña elevada, y en el lenguaje bíblico, la montaña no indica un lugar material, sino la experiencia interior de una manifestación de Dios, el momento en que la intimidad con el Señor alcanza su punto culminante. Jesús abandona la llanura y conduce a algunos discípulos hacia lo alto; los aleja de los razonamientos y cálculos humanos para introducirlos en los designios inescrutables del Padre. Los eleva para llevarlos de nuevo, transformados, a la tierra donde están llamados a trabajar.

En el «monte», Jesús aparece distinto de como le juzgaban los hombres. Allí asistimos a una metamorfosis: su rostro desfigurado se transfigura, las tinieblas del fracaso se iluminan, el vestido gastado del siervo se transforma en un espléndido manto real, las tinieblas de la muerte se disuelven en la aurora de la Pascua. Quien no ha visto su rostro glorioso es incapaz de contrarrestar eficazmente las fuerzas del mal que afligen a la humanidad.
Danos, Señor, contemplar en el rostro desfigurado por los hombres, el rostro de Cristo transfigurado.

Según el evangelista Marcos, Jesús apareció revestido de la gloria divina, destacando sus resplandecientes vestiduras. Pedro, como buen emprendedor, no escatima esfuerzos y toma la palabra: «Rabí, es bueno que estemos aquí; hagamos tres cabañas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», petición que procede de quien tiene el deseo de prolongar momentos felices y eternos. Pedro también se muestra desinteresado, en el número tres no había pensado en la tienda para los discípulos, para él era importante prolongar ese momento. La imagen de las tiendas recuerda la comunión. Pero Pedro no sabía lo que decía, en realidad está prendado de la belleza del rostro de Jesús. He aquí que apareció una nube y se llenaron de temor. La nube atestigua la presencia de Dios, como puede verse en el AT: aquí envuelve a Jesús con Moisés y Elías, los discípulos permanecen fuera de ella, y desde la nube se oye la voz de Dios: Este es mi Hijo, el Amado: ¡escuchadle!

San León Magno nos regala estas espléndidas palabras: «El Padre estaba indudablemente presente en el Hijo y, en aquella luz que el Señor había mostrado tan mensurablemente a los discípulos, la esencia del engendrado no estaba separada del unigénito, sino que, para subrayar la propiedad de cada uno, la voz que salía de la nube anunciaba al Padre a los oídos, así como el esplendor difundido por el cuerpo revelaba al Hijo a los ojos».

Dice Santo Tomás de Aquino: «El Padre invitando al Hijo a escuchar, una declaración de confianza y amor entre Padre e Hijo. «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa». La visión del Tabor fue breve, el evangelista Marcos lo subraya con pocas pero incisivas palabras «Y en seguida, mirando alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo, con ellos». Jesús sigue siendo lo que era, pero los discípulos ciertamente comprendieron algo de él que va más allá del conocimiento superficial. Jesús les hace la entrega del silencio antes de que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Por primera vez se preguntan por algo que Jesús siempre había insinuado cuando hablaba de su final, pero que ellos nunca habían escuchado. Por primera vez se preguntan qué significa resucitar de entre los muertos. Una señal de que se abren a la esperanza en una nueva perspectiva. Jesús es el hombre nuevo y nos invita a cada uno de nosotros a hacer un camino de conversión.

La transfiguración es un rayo de luz que nos invita a captar el sentido más profundo de las cosas. Si queremos vivir el Evangelio debemos comprometernos a descubrir la belleza de la vida. Sólo en esta comunión íntima los discípulos captan el sentido de la transfiguración y descubren que Jesús es el cumplimiento de la ley, es el hijo amado, el maestro amado que merece ser escuchado incluso en las dificultades. La invitación que podemos hacernos para hoy es prestar atención a lo que importa.

Hoy es importante no sólo la inteligencia para comprender, sino el coraje para decidir. La palabra que escuchamos es una palabra que nos implica a cada uno de nosotros.

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